Cansada del positivismo fashion
Todos los días llamo a mis papás.
Vivimos en países diferentes desde hace ocho años y, en todo ese tiempo, solo nos hemos visto dos veces. Por eso, nuestras llamadas son importantes. No son para resolver problemas; son para compartir la vida. Son ese café que muchas familias se toman juntas y que nosotros nos tomamos a través de una teléfono.
Hay algo que siempre ocurre.
—¿Cómo están?
—Excelente.
Siempre.
Y aunque sé que detrás de esa respuesta hay una intención hermosa —no preocuparme—, con el tiempo ha tenido un efecto inesperado: ha disminuido mi confianza en esa respuesta.
Porque nadie está excelente todo el tiempo.
Nadie.
Entonces termino haciendo el ejercicio de intentar descubrir qué hay detrás de ese “todo bien”. Si les falta agua otra vez. Si el carro volvió a dañarse. Si están cansados. Si simplemente tuvieron un mal día.
Mis papás son económicamente independientes. No dependen de que yo les envíe dinero para vivir, aunque, como cualquier venezolano, enfrentan dificultades que forman parte del día a día: semanas sin agua, reparaciones inesperadas, servicios deficientes… la vida real.
Y justamente de eso se trata una conversación: de la vida real.
Hace unos días, mientras caminaba en la cinta del gimnasio, los llamé como siempre. En medio de la conversación les comenté algo muy cotidiano: estaba molesta con Iker por una situación normal entre mamá e hijo.
Ni siquiera había terminado de explicar cuando apareció una frase que muchas conocemos:
“No te molestes, eso te resta salud.”
Sé que fue dicha con amor.
Pero también sé que no era lo que necesitaba.
El problema del positivismo disfrazado de consejo es que muchas veces interrumpe la posibilidad de expresar una emoción.
Nos enseña que sentir enojo, tristeza o frustración es algo que deberíamos apagar rápidamente, en lugar de comprender.
Y las emociones no funcionan así.
Las emociones necesitan espacio.
Necesitan ser escuchadas antes de intentar solucionarlas.
Ese día simplemente le respondí:
“Mami, te llamo más tarde. Hoy no necesito consejos. Solo quería conversar.”
Y creo que esa frase también puede servirte a ti.
Como mamás estamos acostumbradas a resolver.
Escuchamos un problema y enseguida buscamos una solución.
Pero muchas veces nuestros hijos, nuestra pareja, una amiga… o incluso otra mamá… no necesitan respuestas.
Necesitan presencia.
Por eso quiero proponerte un ejercicio muy sencillo.
La próxima vez que alguien te cuente algo difícil, antes de aconsejar, pregunta:
”¿Quieres que te dé mi opinión o solo necesitas que te escuche?”
Es una pregunta pequeña que puede cambiar por completo una conversación.
Y también te invito a hacer lo mismo contigo.
Cuando necesites hablar, atrévete a decir qué necesitas.
Puedes decir:
“Hoy solo necesito desahogarme.”
“No busco soluciones, solo compañía.”
“Escúchame un momento, después vemos qué hacemos.”
Poner ese límite no es ser grosera.
Es cuidar tu salud emocional.
Porque escuchar no siempre significa arreglar.
A veces, el acto más amoroso que podemos ofrecerle a alguien es simplemente hacerle sentir que no está sola.
Y eso, para una mamá que sostiene tanto todos los días, puede ser exactamente el abrazo que necesitaba.
@prolactancia
Respuestas