Elegir es prescindir (y quizás esa sea la lección más importante de la maternidad)
Tenía 28 años cuando escuché una frase que se quedó conmigo para siempre.
Estaba en una clase de Comercio Exterior y el profesor, hablando sobre negociación y diplomacia, dijo:
“Elegir es prescindir.”
En ese momento no entendí el alcance de esa idea.
Años después, siendo madre, entendí que probablemente esa frase explica mejor la maternidad que muchos libros.
Imagina una heladería con cincuenta sabores.
Pides un helado de tres.
¿Elegiste tres sabores?
Sí.
Pero también renunciaste a cuarenta y siete.
Y aquí viene lo interesante.
Puedes vivir esa decisión desde la satisfacción de disfrutar tus tres sabores o desde la frustración de pensar en todo lo que no probaste.
La vida funciona igual.
Y la maternidad también.
Hace poco me cambié de gimnasio.
El anterior me encantaba. Era impecable, tranquilo, la gente entrenaba por salud y el ambiente me hacía sentir muy cómoda.
Pero tenía un problema.
No tenía piscina.
Y nadar es el deporte que más disfruto.
Encontré otro gimnasio que cuesta exactamente lo mismo y queda igual de cerca de mi casa.
Tiene una piscina excelente.
También sauna.
Pero está mucho más lleno.
No es tan limpio.
El ambiente no me gusta tanto.
Cada vez que entro al vestuario extraño el gimnasio anterior.
Pero inmediatamente me acuerdo de algo.
Yo elegí la piscina.
No puedo tener ambas cosas.
Cada elección implica una renuncia.
La diferencia está en dónde decides poner tu atención.
Si miro todo lo que perdí, mi decisión parece equivocada.
Si miro todo lo que gané, la decisión tiene sentido.
Con la maternidad ocurre exactamente lo mismo.
No podemos hacerlo todo.
No podemos estar disponibles para todo el mundo, trabajar como antes, dormir como antes, tener la misma libertad de antes y, al mismo tiempo, criar con presencia.
Siempre habrá algo de lo que tendremos que prescindir.
El problema aparece cuando las madres hacemos siempre la misma elección.
Elegimos prescindir de nosotras.
De nuestro descanso.
De nuestro tiempo.
De nuestra salud.
De nuestras amistades.
De nuestros hobbies.
Y terminamos creyendo que ese sacrificio permanente es sinónimo de ser una buena madre.
No lo es.
Una maternidad más leve no significa hacer menos por nuestros hijos.
Significa dejar de hacer solas todo aquello que otro adulto también puede hacer.
Si estás dando lactancia materna, nadie puede amamantar por ti.
Pero sí pueden cargar al bebé.
Dormirlo.
Cambiarlo.
Preparar la comida.
Lavar la ropa.
Ordenar la casa.
Resolver la logística diaria.
Y aquí quiero decir algo que sé que puede incomodar.
Muchas de ustedes son migrantes.
Lo sé.
Muchas no tienen una red de apoyo.
Pero incluso cuando sí hay otro adulto en casa, seguimos creyendo que descansar es un lujo.
No lo es.
Maternar también es un trabajo.
Y como cualquier trabajo, necesita pausas.
Porque una madre agotada no necesita aprender a sacrificarse más.
Necesita dejar de elegirse siempre al final.
Quizás la maternidad leve no consista en tener menos responsabilidades.
Quizás consista en elegir mejor aquello a lo que estamos dispuestas a renunciar.
Y, por primera vez, decidir que esa persona no siempre serás tú.
Érika Urbaez Aguilera
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