Cuando el respeto nos impide preguntar
Hay algo que me ha estado dando vueltas en la cabeza estos días.
Vivimos en una época en la que hemos aprendido —y con razón— a no hacer comentarios sobre el cuerpo de los demás. Hemos entendido que no sabemos qué está viviendo una persona, qué batallas está enfrentando ni qué relación tiene con su propia imagen.
Y estoy de acuerdo con eso.
Pero también me pregunto si, en algunos casos, el miedo a decir algo nos está impidiendo ver cuando alguien que queremos necesita ayuda.
¿Dónde está el límite?
Les hago esta pregunta porque durante el puerperio muchas veces no tenemos tiempo para lo que cada una considera “estar arreglada”.
Y quiero detenerme aquí porque estar arreglada es algo profundamente personal.
Para algunas personas significa maquillarse. Para otras, peinarse. Para otras, vestirse de determinada manera.
Si yo tuviera que definirlo para mí, diría que es levantarme, bañarme y vestirme para comenzar el día.
Nunca he sabido estar en pijama durante horas. Ni siquiera en el posparto.
Recuerdo que recién parida me levantaba, hacía algo de ejercicio si podía, me bañaba y me ponía un vestido. Vivía en un clima cálido y los vestidos me resolvían la vida.
También es una de las razones por las que llevo el cabello corto. No porque crea que todo el mundo debería hacerlo, sino porque a mí me simplifica las cosas. Si para verme como me gusta tuviera que secarme el pelo, plancharlo o dedicarle mucho tiempo, simplemente no lo haría.
Las personas que nos cuidan
Durante uno de mis pospartos hubo una persona que estuvo muy pendiente de mí: mi amiga Ninoska.
Ella siempre llegaba con una planchita de cabello.
No porque yo se lo pidiera, sino porque sabía que no estaba encontrando tiempo para cortarme el pelo como me gustaba y que eso me hacía sentir incómoda.
También pasaba por una tienda que tenía vestidos que me encantaban, me mandaba fotos y a veces aparecía en mi casa con alguno de ellos.
Me ayudaba a salir, a sentirme más yo.
Y siempre lo hizo desde el respeto.
Hay muchas cosas en las que ella y yo pensamos distinto. Para ella el cabello largo, el maquillaje y ciertos arreglos personales tienen mucha importancia. Para mí no. Yo casi nunca me maquillo y la verdad es que no me interesa demasiado.
Pero ella entendía qué cosas eran importantes para mí y me ayudaba a sostenerlas cuando yo no podía hacerlo sola.
Y siempre he agradecido eso.
Lo que vemos cuando conocemos a alguien
Todo esto viene porque hace poco vi a una sobrina política a la que tengo cariño.
Y me sorprendió mucho su aspecto.
No porque estuviera más delgada o más gordita.
No porque se viera “bien” o “mal”.
Simplemente porque no se parecía a la persona que yo había visto antes.
Me quedé con la sensación de que algo podía estar pasando.
Quizás una situación económica.
Quizás algo emocional.
Quizás agotamiento.
Quizás varias cosas al mismo tiempo.
No tuve la confianza suficiente para iniciar una conversación profunda. Tampoco teníamos el espacio adecuado para hacerlo.
Pero me fui pensando si debería haber hecho algo más.
Cuando el cambio merece una pregunta
Creo que hay una diferencia importante entre opinar sobre la apariencia de alguien y notar que una persona ha cambiado de una manera que parece reflejar algo más profundo.
A veces el cabello descuidado, la ropa repetida, la falta de energía o ciertas señales externas no son el problema.
Son el síntoma.
Y cuando conocemos a alguien, sabemos cómo suele ser.
Sabemos qué cosas le importan.
Sabemos cómo se cuida cuando está bien.
Por eso, en ocasiones, lo más amoroso no es guardar silencio.
Lo más amoroso puede ser preguntar.
No para corregir.
No para juzgar.
No para dar consejos.
Simplemente para decir:
“Te veo diferente. ¿Estás bien?”
También pasa en el puerperio
Pienso mucho en esto porque en el puerperio normalizamos muchas cosas.
El cansancio.
Las ojeras.
Pasar horas sin comer.
Llegar al mediodía sin haberse lavado los dientes.
Y sí, muchas veces eso forma parte de una etapa intensa y completamente esperable.
Pero también es cierto que, en ocasiones, detrás de ese agotamiento puede haber algo más.
Una depresión.
Una ansiedad importante.
Una sensación de aislamiento.
Una madre que necesita ayuda y no sabe cómo pedirla.
Y me pregunto si, por miedo a incomodar, a veces dejamos de hacer preguntas que podrían abrir una puerta importante.
Quiero leerlas
Les dejo esta reflexión porque no tengo una respuesta definitiva.
Solo preguntas.
Si una amiga, una hermana o alguien cercano notara que ustedes no están siendo las mismas de siempre, ¿les gustaría que les dijera algo?
¿De qué manera les gustaría que se acercara?
¿Qué palabras les harían sentir acompañadas en lugar de juzgadas?
Las leo.
Érika Urbaez Aguilera
Respuestas