El frío, la memoria del cuerpo y lo que entendí este invierno
Tengo una relación particular con el frío. No es solo que no me guste: mi cuerpo reacciona a él de una manera que va más allá de lo lógico o climático. Nací en el Caribe y viví años en una isla, así que sería normal preferir el calor. Pero lo que descubrí es que mi incomodidad no tiene que ver únicamente con el clima, sino con algo que quedó guardado en mí desde niña.
Quienes conocen a mi familia saben que en mi casa los “más isleños” no son los que peor la pasan. Los nacidos en Margarita llevan mejor el invierno que yo, que nací en Caracas. Y durante años pensé que era cuestión de carácter o de preferencias… hasta que empecé a mirar más profundo.
Lo que realmente me afecta no es el frío: es la falta de luz
California tiene palmeras, mar cerca y un clima amable, pero sus inviernos grises tienen un efecto directo en mi estado emocional. Puedo ejercitarme, trabajar, tomar vitamina D y hacer todo lo que recomiendan… y aun así mis días se vuelven más pesados.
La razón la descubrí escribiendo. Literalmente sentándome a poner en papel lo que sentía.
El recuerdo que apareció sin que lo llamara
Mientras hacía journaling, apareció una escena que no tenía en la memoria consciente:
Tenía seis años cuando salimos de emergencia de Brasil. Pasamos por Paraguay sin poder entrar, y terminamos en Uruguay en pleno invierno. Llegamos a Montevideo con ropa de verano. Mi mamá, mi papá, mi hermano y yo, caminando con un frío que todavía puedo sentir en la piel, buscando una tienda para comprar abrigos.
No tengo la historia completa, solo flashes. Pero el cuerpo sí se acuerda.
Esas dos chaquetas que nos compraron se quedaron guardadas durante años en mi casa. Eran más que ropa: fueron protección, fueron sostén en un momento que para mí, a esa edad, fue confuso y amenazante.
El cuerpo guarda lo que la mente no retiene
Entendí que mi sistema nervioso asoció el frío con ese momento de incertidumbre, desarraigo y vulnerabilidad.
Por eso cada invierno —aunque viva en un lugar seguro y cálido emocionalmente— mi cuerpo reacciona igual.
Y aquí es donde la maternidad entra en escena:
Muchas mujeres me dicen “eso yo ya lo trabajé”. Y probablemente sí… pero lo trabajaron antes de ser mamá, o en otra etapa de su vida.
La maternidad abre cajones que una ni sabía que existían.
Cada hijo toca una parte distinta de nuestra historia.
Cada edad de ellos despierta una edad nuestra.
El trauma no se elimina: se reconoce
No se borra, no se neutraliza, no deja de existir.
Lo que cambia es la relación que tenemos con él.
Nombrarlo es lo que permite que deje de dirigirnos desde atrás.
Por eso insisto tanto en escribir, en revisar, en observar sin miedo lo que se activa en nosotras.
La maternidad nos mueve fibras profundas, incluso aquellas que creíamos estables o cerradas.
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Erika – @Prolactancia
Que la maternidad te sea leve.
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