Fiestas si, en mi casa NO
En plena conversación de Navidad, mi mamá me preguntó si no extrañaba un poco todas esas reuniones familiares grandes.
Y por primera vez en mi vida le respondí con total honestidad: Mamá, las odié toda la vida.
Antes solía suavizarlo: “bueno, sí, a veces… aunque la bulla no me gusta”. Pero esta vez no. Esta vez pude decirlo tal como lo sentí siempre.
Odiaba tener que salir de mi habitación para dormir contigo porque la casa se llenaba de gente. Era una casa de tres habitaciones y, como yo era la más pequeña, me tocaba ceder el espacio para que mis tíos tuvieran privacidad. Y tengo la sensación —muy clara— de que mi hermano también lo odió, aunque jamás te lo dijo. Él siempre terminaba con tres o cuatro primos en su cuarto, y mi hermano siempre fue reservado, muy de su espacio.
No me parece casual que, cuando ambos formamos nuestras familias, ninguno invite gente a quedarse en casa ni haga planes de viajes en caravana, ni vacaciones multitudinarias. Socializamos, claro, pero esto de “todos juntos todo el tiempo” simplemente no va con nosotros.
Escucho a muchísima gente decir que extraña eso cuando vive lejos. Y créanme: yo extraño muchas cosas de la distancia, pero no esta necesidad constante de ponerse de acuerdo entre varias familias, hijos, horarios, comidas, planes, logística, ruido.
No digo que nunca me haya divertido. Tener primos puede ser lindo, mis tíos eran muy queridos. Pero también puedo decir que hoy, cuando mi mamá me respondió:
“Bueno hija, dale gracias a Dios de que estás lo suficientemente lejos como para que a nadie le provoque mucho irte a visitar… y de que siempre has tenido tu casa y tu espacio”, sentí que tenía razón.
Lo agradezco muchísimo.
Y esta es la reflexión que quería dejar hoy: a veces nuestros valores se forman sin que lo planemos conscientemente. Cosas que para nuestros padres eran profundamente disfrutables, para nosotros pueden ser abrumadoras. Y está bien. Aunque exista esta idea romántica de que las familias numerosas siempre son más divertidas, no es una verdad universal.
No digo que sea terrible. Solo digo que si tú eres un poco como yo, y estas reuniones enormes te sobrecargan, no estás sola.
Este año en Navidad fui a casa de unos amigos… dos horas. En Año Nuevo probablemente haga lo mismo. Porque me gusta ese equilibrio: saber que tengo amigos, pero también poder volver a mi casa, al silencio, al orden, a la calma.
Cuéntenme ustedes:
¿Son de familias que quieren estar siempre juntas, o de las que necesitan la tranquilidad de su propio espacio?
Ya saben… que la maternidad —y la vida— les sea leve.
@prolactancia
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