Imagínate ser tan amigas…
May 04, 2026
Imagínate ser tan amigas… que tienes la fantasía de vivir pared con pared. Compartir café sin avisar, cruzar el patio como si fuera extensión de tu casa, criar hijos que se sienten primos aunque no lo sean.
Bueno… eso nos pasó.
Éramos un grupo de periodistas en 2004, recién graduadas, con esa mezcla de hambre y romanticismo que solo se tiene al empezar. El periódico: El Sol de Margarita. La vida: intensa, caótica, profundamente formativa… y sí, también un poco traumática (o bastante, si soy honesta).
Yo fui reincidente. Renuncié en 2008… y volví en 2011. Hasta que finalmente cerré ese capítulo y me convertí en lo que soy hoy: comunicadora de lactancia, IBCLC, acompañante de maternidades.
Pero vuelvo al punto.
Tres de nosotras terminamos viviendo como vecinas. Literal. Casas contiguas. Con una compartía el patio, con otra la pared. Otra amiga —que hoy es mi comadre— vivió años en una de esas casas. Un arroz con mango perfecto.
Y lo más increíble: más de veinte años después, seguimos queriéndonos. No a pesar de lo que somos hoy… sino con todo lo que somos hoy.
Hace unos días, en uno de esos análisis existenciales que nos dan por momentos, empezamos a hablar de dinero. De lo “pobres” que somos. De cómo nuestros hijos, en comparación con nosotras a su edad, son unos millonarios.
Y ahí… me salió algo que nadie esperaba de mí.
Yo, la de las verdades duras. La de los “cinco minutos de claridad”.
Les dije: Últimamente me he sentido millonaria.
Y no, no es que mi cuenta tenga millones. Tengo una hipoteca a 30 años que apenas llevo tres pagando. Trabajo. Facturo. Resuelvo. Como todas.
Pero hay cosas…
Esta semana eché gasolina tres veces. 65 dólares cada vez. Y tenía el dinero para hacerlo sin angustia.
Vivo en California. (Sí, finalmente me convertí en la “Barbie californiana” que ustedes decretaron hace años… así me llamaban porque soy la morena).
Voy al gimnasio a las 9 de la mañana y pienso:
¿Qué vida es esta?
¿Quién puede darse este lujo?
Puedo trabajar… y a las 3 de la tarde estar buscando a mi hijo en el colegio.
Eso… también es riqueza.
Y no estoy hablando de compararme con quien está peor. Ese ejercicio nunca me ha gustado. No se trata de conformarse. Se trata de reconocer.
Reconocer que muchas de las decisiones que hemos tomado como familia —especialmente en migración— han estado guiadas por algo más profundo que el dinero: la posibilidad de estar juntos, de vivir con cierta calma, de construir una vida que sí se parezca a lo que queremos.
Porque empezamos de cero.
Literal.
Después de haber sentido que lo teníamos todo en Venezuela… la vida nos lo quitó. Lo económico, lo social, la estabilidad, la salud.
Mi esposo lo perdió todo tratando de salvar la vida de su hija mayor. Vendió propiedades. Se quedó sin nada. Y hoy, esa niña tiene 21 años y está a punto de graduarse de la universidad.
Dime tú… si eso no es riqueza.
Ocho años después, aquí estamos.
Con creatividad.
Con capacidad de resolver.
Con una familia que sigue de pie.
Juntos.
Y sí… podríamos trabajar más. Ganar más. Producir más.
Pero también podríamos perdernos esto.
Y a nuestras edades —47 y 50— con un hijo adolescente… tenemos muy claro qué es lo que no queremos perder.
Por eso hoy, más que nunca, practico esto:
Nombrar mis riquezas.
Las pequeñas.
Las invisibles.
Las que no caben en una cuenta bancaria.
Porque cuando las nombras… dejan de ser pequeñas.
Y tú, ¿cuáles son tus pequeñas grandes riquezas?
Me encantaría leerte.
Que la maternidad te sea leve.
Bueno… eso nos pasó.
Éramos un grupo de periodistas en 2004, recién graduadas, con esa mezcla de hambre y romanticismo que solo se tiene al empezar. El periódico: El Sol de Margarita. La vida: intensa, caótica, profundamente formativa… y sí, también un poco traumática (o bastante, si soy honesta).
Yo fui reincidente. Renuncié en 2008… y volví en 2011. Hasta que finalmente cerré ese capítulo y me convertí en lo que soy hoy: comunicadora de lactancia, IBCLC, acompañante de maternidades.
Pero vuelvo al punto.
Tres de nosotras terminamos viviendo como vecinas. Literal. Casas contiguas. Con una compartía el patio, con otra la pared. Otra amiga —que hoy es mi comadre— vivió años en una de esas casas. Un arroz con mango perfecto.
Y lo más increíble: más de veinte años después, seguimos queriéndonos. No a pesar de lo que somos hoy… sino con todo lo que somos hoy.
Hace unos días, en uno de esos análisis existenciales que nos dan por momentos, empezamos a hablar de dinero. De lo “pobres” que somos. De cómo nuestros hijos, en comparación con nosotras a su edad, son unos millonarios.
Y ahí… me salió algo que nadie esperaba de mí.
Yo, la de las verdades duras. La de los “cinco minutos de claridad”.
Les dije: Últimamente me he sentido millonaria.
Y no, no es que mi cuenta tenga millones. Tengo una hipoteca a 30 años que apenas llevo tres pagando. Trabajo. Facturo. Resuelvo. Como todas.
Pero hay cosas…
Esta semana eché gasolina tres veces. 65 dólares cada vez. Y tenía el dinero para hacerlo sin angustia.
Vivo en California. (Sí, finalmente me convertí en la “Barbie californiana” que ustedes decretaron hace años… así me llamaban porque soy la morena).
Voy al gimnasio a las 9 de la mañana y pienso:
¿Qué vida es esta?
¿Quién puede darse este lujo?
Puedo trabajar… y a las 3 de la tarde estar buscando a mi hijo en el colegio.
Eso… también es riqueza.
Y no estoy hablando de compararme con quien está peor. Ese ejercicio nunca me ha gustado. No se trata de conformarse. Se trata de reconocer.
Reconocer que muchas de las decisiones que hemos tomado como familia —especialmente en migración— han estado guiadas por algo más profundo que el dinero: la posibilidad de estar juntos, de vivir con cierta calma, de construir una vida que sí se parezca a lo que queremos.
Porque empezamos de cero.
Literal.
Después de haber sentido que lo teníamos todo en Venezuela… la vida nos lo quitó. Lo económico, lo social, la estabilidad, la salud.
Mi esposo lo perdió todo tratando de salvar la vida de su hija mayor. Vendió propiedades. Se quedó sin nada. Y hoy, esa niña tiene 21 años y está a punto de graduarse de la universidad.
Dime tú… si eso no es riqueza.
Ocho años después, aquí estamos.
Con creatividad.
Con capacidad de resolver.
Con una familia que sigue de pie.
Juntos.
Y sí… podríamos trabajar más. Ganar más. Producir más.
Pero también podríamos perdernos esto.
Y a nuestras edades —47 y 50— con un hijo adolescente… tenemos muy claro qué es lo que no queremos perder.
Por eso hoy, más que nunca, practico esto:
Nombrar mis riquezas.
Las pequeñas.
Las invisibles.
Las que no caben en una cuenta bancaria.
Porque cuando las nombras… dejan de ser pequeñas.
Y tú, ¿cuáles son tus pequeñas grandes riquezas?
Me encantaría leerte.
Que la maternidad te sea leve.
Érika Urbaez Aguilera
@prolactancia
@prolactancia
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