Le pedí el divorcio a mi esposo

Son las 7:52 p. m. y ha sido un día largo. Me levanté con la noticia de que mi esposo debía solucionar un problema urgente, mejor dicho, un problema que se convirtió en urgente porque él no lo atendió a tiempo.
Después de haberle repetido durante más de un mes que lo hiciera —como si fuera su mamá (grave error)—, me sentí impotente y molesta al ver que algo previsible y prevenible había escalado hasta convertirse en un problema mayor que ahora afectaba a toda la familia.
Lo llamé por teléfono, ya que había salido a las 6:30 a. m., para contarle la mala noticia. Su reacción fue de molestia, pero no conmigo, sino consigo mismo. Sin embargo, en medio de su frustración, intentó culparme de no haberle apoyado lo suficiente. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que no hablamos el mismo idioma en lo que respecta a ciertas responsabilidades.
En nuestra casa, mi esposo es el grandilocuente, el que hace los cambios grandes (estructurales, materiales), las remodelaciones, las compras de carros… Mientras que yo soy la que mantiene todo en marcha: la que se asegura de que haya comida, electricidad, agua, de que los papeles estén al día. Esos pequeños trabajos invisibles que no hacen que la casa se vea más lujosa ni que todo luzca hermoso, pero que sin ellos no hay base sobre la cual edificar lo demás.
Y ahí está mi trabajo invisible, mi carga mental invisible, mi recordatorio diario de que, no importa cuánto haga, eso no se ve.
En medio de una discusión que subió de tono —y, por tanto, de palabras que ninguno de los dos quería decir—, él soltó: "Te quejas de todo, parece que yo no hiciera nada". Obviamente era su yo infantilizado intentando poner sus cargas como más pesadas que las mías. Y sí, puede que económicamente lo sean, pero les juro, amigas, que no hay trabajo que pague criar, atender cada necesidad de los hijos, tener al día cada documento de la familia, pagar cada recibo a tiempo. Y, además, aportar económicamente.
Fue entonces cuando me pregunté: ¿Cuánto trabajo me ahorraría si viviera sola con mi hijo, como lo hice antes?
Por unos segundos, fantaseé con la idea de volver a ser mamá soltera y le dije: "Quizás sea tiempo de separarnos".
No lo dije desde la rabia. No estaba enojada. Estaba cansada. Agobiada de que ciertas cosas sean tan invisibles.
Y no, no quiero palmadas de felicitaciones por hacer lo que, en un acuerdo familiar, hemos distribuido como tareas de cada uno. Solo quiero que no se dé por sentado que la casa se limpia sola, que el baño está impecable, que la nevera se llena sola, que el niño está cuidado, que la ropa está lavada… y que yo también trabajo.
No sé si este incidente será suficiente para divorciarnos, pero sí sé que marca un precedente.
✨ Que tu trabajo no sea invisible. Aunque tengas que repetirlo mil veces, asegúrate de que se vea, aún teniendo lo repetir. 💜
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