Noviembre: el mes en que celebro a mi mamá
Noviembre siempre ha sido un mes especial, pero este año lo es aún más. Hoy, 4 de noviembre, es el cumpleaños de mi mamá. Y mientras escribo estas líneas, me permito honrarla desde un lugar muy distinto al de mis primeros años de adultez.
Como muchos de ustedes, también tuve mis quejas de hija. Por años cuestioné su manera de maternar, la distancia emocional que a veces sentía, su necesidad de mantener el control, o esa creencia tan marcada de que “si me dejaba llorar, aprendería a ser independiente”.
Mi mamá fue una mujer joven, apenas tenía 20 años cuando me tuvo. Y aunque no era una mamá que disfrutara cargar bebés ni dormir con ellos en brazos, fue una mamá que en la adolescencia entendió la importancia de la conversación, de la confianza, de la cercanía.
Hoy, desde la madurez, desde mi rol como terapeuta, consteladora familiar y consultora perinatal, puedo ver algo que antes no entendía: mi mamá hizo lo que pudo con lo que tenía. Y no desde el cliché del perdón, sino desde la comprensión real de cómo funciona la mente de una mujer que materna con pocas herramientas, sin acompañamiento y con duelos no resueltos.
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Entendiendo a mi mamá desde la adultez
Mi mamá perdió a su primer bebé y a su cuarta hija. Esta última falleció el mismo día de mi cumpleaños. Hoy comprendo cuánto dolor y resiliencia hubo detrás de cada una de sus decisiones.
Durante años pensé que mi hermano era su preferido, que yo no recibía el mismo amor. Pero con el tiempo entendí que su lenguaje del amor era el servicio: cocinar mi comida favorita, tenerme impecablemente peinada, asegurarse de que comiera bien. Era su manera de cuidar, aunque a veces me pareciera rígida.
Ella fue una mamá trabajadora, que se formó años después de haber criado, que se reinventó muchas veces, y que —sin saberlo— me enseñó tres cosas fundamentales:
- Que puedo con todo lo que me proponga.
- Que tengo derecho a volar, a no quedarme.
- Y que la fe —en lo que sea que creas— también vive dentro de ti.
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La posibilidad de reparar
Con los años he aprendido que no todas las madres son reparadoras, y que no todas las hijas están listas para mirar sin juzgar. Pero cuando logramos hacerlo, algo se ordena.
Entendí que la maternidad no se trata de perfección, sino de evolución. Que lo que hice con Iker de bebé nació de mis estudios y mi intuición, pero lo que practico con él ahora, como adolescente, es herencia directa de lo que mi mamá me enseñó.
Así que hoy la celebro. Celebro su vida, su historia, su manera imperfecta y hermosa de amar. Celebro su permiso para volar, su fe y su bendición diaria.
Y si tú estás leyendo esto y sientes que tu relación con tu mamá no fue como soñabas, quiero recordarte algo: podemos repararnos. Podemos convertirnos en las madres que necesitábamos, sin dejar de reconocer a las madres que tuvimos.
A todas ustedes, las que maternan con conciencia, con dudas, con amor y cansancio, les dejo este mensaje:
Que la maternidad les sea leve.
Y que siempre encuentren dentro de ustedes la posibilidad de sanar.
Con cariño,
Erika Urbáez Aguilera
IBCLC | Fundadora de @prolactancia
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