Oigo una voz que no me deja en paz
Hay personas, lugares y actividades que nos hacen bien.
El mío siempre ha sido el mar. 

Amo tanto el mar que encontrarme con él me alegra en la misma medida en que me duele separarme. Puede sonar exagerado, pero el agua es el único lugar donde me siento realmente libre.
Cuando tenía seis años, mi mamá me inscribió en natación. No lo hizo por deporte, sino porque buscaba calmarme. Nada lograba mantenerme quieta. Para bien o para mal, eran los años 80 y era solo una niña tremenda. Quizás hoy me hubiesen diagnosticado hiperactividad.
El primer día de natacion me lanzaron directo al foso de clavados. Me hundí, floté, pataleé… y vi el cielo azul mientras luchaba por mantenerme boca arriba. El miedo me hizo renunciar. Fue debut y despedida.
Un día, mi primo William me dijo que ya era capaz de nadar completa la piscina olímpica. La competencia con mi primo me hizo regresar. Desde entonces, nadar se convirtió en mi refugio.
Me gustaba competir en distancias largas, no solo porque era buena sino porque podía cantar canciones en mi mente mientras braceaba y pateaba, ida y vuelta. No había tiempo. Podía dar conciertos enteros.
También tener monólogos en donde le decía todo lo que sentía a gente a la que veces no me atrevía hablarle de tú a tú.
Con los años llegué a Margarita. Olvídense de la Margarita de playa El Agua, Diverland un Laguna Mar. Yo llegué a un pueblo pequeño, sin piscina, sin amigos, sin lo que conocía. Ahí estaba el mar.
Buscando calma nadaba hasta los barcos de pesca de altura, aprendí de los niños del lugar a sacar la cara de frente mientras nadaba para ubicarme en el espacio. Entendí que mi técnica de piscina se completaba con la sabiduría de los niñitos del mar.
El mar me quitó la tristeza, me calmó la rabia y me devolvió la paz.
Años más tarde, en sus aguas nadé embarazada. En ellas descansé del peso del cuerpo y de la vida, porque en el mar las lágrimas son más dulces y los ojos enrojecidos de llanto pasan desapercibidos.
Jesús Ávila escribió: “El mar solo el mar sabe mis penas”. Y yo puedo confirmarlo.
El mar ha sido mi refugio de niña inquieta, de adolescente solitaria, de madre en busca de calma, de mujer que ha tenido que recomenzar tantas veces.
Porque en el agua nada pesa.
Y aunque la vida me haya llevado lejos de él, mi corazón siempre sabe que en cada ola sigue guardada mi libertad.
La última vez que les escribí, les conté que necesitábamos descansar.
Ese mismo día, después de mandar aquel correo, reservé un hotel y nos fuimos al mar.
La alegría fue inmensa. La despedida, desgarradora. 
El impacto que dejó en mí ese viaje de dos días fue tan profundo, que socavó mis ganas de vivir en la ciudad donde llevo 7 años y donde hasta una casa compré.
No es una decisión tomada todavía, pero la necesidad me respira en la nuca. Me habla con voz baja y persistente en el oído.
Antes de ese día, habían pasado cuatro años sin bañarme en el mar. Cuatro años! No sé cómo dejamos que transcurriera tanto tiempo sin volver. Bueno… sí lo sé, ya se los conté en la carta anterior.
Desde ese regreso, una nueva rutina se instaló en mi vida: ver casas en Hollywood, en Pompano Beach, en esas zonas de Florida que ahora me llaman como un canto al oído. Me imagino trabajando de día y, al caer la tarde, hundir los pies en la arena para sentir ese masaje en el alma.
Quizás en menos de lo que se imaginan, las que viven en Florida podrían tenerme muy cerquita… y yo a ustedes. Aunque, si me preguntan por el milagro que realmente anhelo, sería ver una Margarita próspera, ordenada, libre y en democracia. 
Pero por ahora, es ese lado específico de Florida la que me resuena. Me resonó cuando fui en abril. Me resonó de nuevo cuando toqué el mar aquí en California.
¿Alguna vez han sentido un deseo que les respira en la nuca, que les susurra en el oído hasta pensar que están un poco locas de escucharlo tanto?
Así estoy yo… con el mar llamándome, una y otra vez.
Esta conversación ya la abrí con mi esposo.
Me falta abrirla con mi hijo, que adora vivir en California, y que sé que también se verá afectado si esta decisión se concreta en los próximos dos años.
No es fácil. Es una decisión que necesito trabajar con mi terapeuta, porque esa voz que me susurra cada mañana no se va… Y antes de seguir sintiendo que el frío me marchita, quiero encontrar la forma de escucharla y dejarme descongelar por la sal del mar. 
No sé si tú tienes terapeuta, pero yo hoy quiero recomendarte un espacio que me ha dado mucha paz: Opción Yo. Perdóname la publicidad, pero esta ocasión lo merece.
Allí puedes tener una entrevista previa, descubrir qué tipo de terapeuta se ajusta a ti y luego comenzar tu propio plan de acompañamiento. Es un lugar muy responsable y humano.
Me tomo el atrevimiento de compartirlo porque, después de esta confesión tan personal, sé lo valioso que es tener un espacio seguro para hablar, sanar y decidir.
Quizás, como yo, también necesites a alguien te ayude a procesar lo que tu corazón te viene diciendo hace tiempo.
Con amor,
Erika

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