Priorizarme o egoísmo
Hay una diferencia muy fina —pero muy importante—
entre priorizarte y ser egoísta.
Y sí, esta generación habla mucho de ponerse primero.
De los límites.
Del autocuidado.
De elegirse.
Y todo eso es necesario.
Pero no todo el tiempo.
Y no a cualquier costo.
Especialmente cuando somos mamás.
La mayoría de las madres no peca de ponerse de primero.
Peca de ponerse demasiado de último.
Eso es verdad.
Pero cuidado con el péndulo.
Porque irnos al otro extremo también desnaturaliza la maternidad —y la paternidad— y termina disfrazando de “priorizarme” decisiones que tienen impacto real en una vida que depende de nosotros.
El posparto es un quiebre.
No es una pausa.
No es una transición suave.
Es un antes y un después.
Recuperar la vida que tenías antes es, sencillamente, imposible.
Y no: eso no significa que la vida que viene sea peor.
Puede ser incluso mejor.
Pero no es la misma.
Criar implica acuerdos.
Implica apoyos.
Implica entender que la pareja no “ayuda”: cumple su rol.
Y ojalá todas tuviéramos recursos externos para delegar lo que se puede delegar y poder enfocarnos en lo verdaderamente importante: reconstruirnos en el posparto y estar enteras para un bebé cuya vida —literalmente— depende de nosotras.
Demos teta o no demos teta, los bebés, en primera instancia, quieren a mamá.
Eso no es ideología.
Es biología.
Por eso, cuando escucho discursos como “vete de viaje con tu pareja, tu bebé tiene tres meses” me preocupa.
No porque el placer sea malo.
No porque las parejas no tengan derecho al placer.
De hecho, del placer vinieron la mayoría de nuestros hijos.
Sino porque traer un bebé al mundo sin entender que antes de los tres años
no comprenden la temporalidad es desconocer algo básico del desarrollo infantil.
Para un bebé pequeño, irse una noche o irse una semana no es tan distinto.
La separación se vive igual.
Aunque desde afuera nos digan “todo está bien”.
Aunque el bebé “se porte bien”.
Aunque al volver parezca que no pasó nada.
La evidencia muestra otra cosa.
Los cambios aparecen después.
En el cuerpo.
En la conducta.
En el vínculo.
Y no: esto no es para culparte.
No es para señalarte.
No es para decirte que si alguna vez lo hiciste eres mala madre.
Es para invitarte a reflexionar.
Quizás, en estos primeros dos o tres años, una escapada de día, un espacio semanal para reconectar, sea mucho más funcional que una ausencia prolongada por placer.
Y si una pareja se tambalea tanto que solo puede sostenerse huyendo, quizás la pregunta no es el viaje.
Quizás la pregunta es qué tipo de pareja estamos siendo.
No confundamos autocuidado con abandono de lo importante.
Porque cuando decidimos ser madres y padres, esas vidas dependen de nosotros.
Y durante los primeros años, la biología y el bienestar del sistema familiar
a veces necesitan ir primero.
No solo yo.
No solo la pareja.
Ponerse la mano en el corazón y preguntarse no “¿soy buena mamá?”
sino “qué tipo de mamá quiero ser” es un acto profundamente honesto.
Eso es maternidad consciente.
Eso es responsabilidad afectiva.
Que la maternidad, les sea leve.
@prolactancia
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