Soy migrante desde que nací

Sé que muchas de las que me leen son venezolanas migrantes por el mundo y que muchas están viviendo la desazón de ver cómo en EE.UU. ahora se habla de venezolanos delincuentes. Ante un panorama tan incierto, pienso en lo que debe ser maternar y ser inmigrante, recordando que yo soy migrante desde que nací.
No nací en la misma ciudad donde vivían mis padres y, aunque apenas estaba a una hora en carretera, mi destino estuvo marcado por la movilidad desde el instante de mi nacimiento.
A los 3 años nos fuimos a vivir a Brasil; allí viví en dos ciudades. Regresé con 6 años a mi ciudad natal, no sin antes dar un salto por un Uruguay al que recuerdo haber llegado en invierno con ropa de verano, porque fue un viaje sin planear. Creo que de allí viene mi trauma con el frío y los días grises, pero eso te lo cuento en otra carta.
Llegué a Caracas, que por primera vez me recibía en la casa de mis abuelos. Volvimos sin casa y sin dinero y, aunque yo no tenía consciencia clara de lo que pasaba, recuerdo el llanto de frustración de mi papá por su “derrota”, excusándose en un clásico: me duele la cabeza.
Un estallido social en Caracas, en el año 1989, separó a mi familia en búsqueda de una vida mejor. Me tocó irme a Puerto Ordaz por dos años. No había cumplido los 9 y ya llevaba dos países y seis ciudades diferentes. A estas alturas, también llevaba tres colegios.
Finalmente, nos reunimos en Margarita, donde pasados cuatro años ya estaba en Caracas estudiando en la universidad. La carrera me obligó a quedarme los cinco años de licenciatura y otros dos, que me permitieron darme cuenta de que "me comería un cable" si no cambiaba. Así que una propuesta de trabajo me devolvió a Margarita.
Muerta de aburrimiento y empujada por una explotación laboral magnánima, me busqué una beca para España. Allí estuve casi cuatro años.
Regresé a Margarita, pero este retorno tenía otro matiz. A los pocos meses quedé embarazada y, entonces, la idea de la tranquilidad me comía el coco. Criar a mi hijo en su hogar, cerca de sus abuelos, con la posibilidad de aprender a nadar en la playa me conquistó. Por un momento creí que se había acabado la saltadera.
Pero no. Al parecer, en mi vida no soy yo quien decide dónde va a estar ni a dónde va a saltar, por más que yo crea que sí.
Nos fuimos a Estados Unidos, como muchos otros que no pudieron aguantar más la incertidumbre, las bombas lacrimógenas, la falta de electricidad, la espera de 45 días para ver el agua corriente llegar a los tanques de nuestras casas.
El 21 de abril de 2025 cumplo siete años en Estados Unidos y no dejo de fantasear con la idea de poder vivir en el Caribe, obviamente con Venezuela descartada, porque se necesita más valentía de la que yo tengo hoy para regresar.
Tras siete años, un hijo que lleva más tiempo aquí que en su tierra, una casa cómoda y una vida a la que cada día buscamos integrarnos más, mi cabeza nómada se tambalea. Y, por primera vez, le tengo miedo a empezar otra vez. Porque hasta quienes nacimos migrantes tenemos ataduras que nos hacen pensar más allá de nosotros mismos. Y para mí, esa atadura es mi hijo.
¿Cuál es la tuya?
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