¿Y qué pasa si no quiero regresar?
Jan 12, 2026
Qué contradictorio sentir, al mismo tiempo, la emoción de ver a un dictador preso y la alegría profunda de ver salir a colegas, activistas y personas que nunca debieron estar privadas de libertad.
Porque no estaban presas.
Estaban secuestradas.
Y sí: los presos tienen derechos. Estas personas ni siquiera tuvieron eso.
Celebrar su libertad es justo. Es necesario. Es humano.
Pero hay algo que me atraviesa con rabia y cansancio cuando leo o escucho:
“Los venezolanos nos queremos regresar.”
¿Y qué pasa si yo no?
¿Y qué pasa si tú no?
¿Y qué pasa si la dictadura me cambió la vida para siempre y me obligó a irme de mi país?
¿Y qué pasa si llevo siete años echándole un cerro de bolas para adaptarme a una vida nueva?
Para aprender a vivir con nieve.
Para aceptar que mi hijo pasa más horas del día hablando un idioma que no es su idioma natal.
Para construir comunidad desde cero.
Para comprar una casa.
Para levantar un negocio.
Para reinventarme.
¿Y ahora resulta que todos tenemos que querer volver?
No.
Y no voy a sentir culpa por eso.
Así como no me siento culpable de haberme ido cuando mi hijastra estuvo a punto de morir.
Cuando mi trabajo como periodista dejó de ser sostenible.
Cuando mi trabajo como consultora de lactancia también empezó a ser amenazado por factores que vienen —sí— de una dictadura que aún sigue presente.
Perdónenme si no quiero volver “de por vida”.
Yo quiero bañarme en las playas de Margarita.
Quiero hacer kitesurf con mi amiga Carolina.
Quiero que mi hijo conozca cada rincón de su isla y de su país.
Quiero volver, sí.
Visitar. Sentir. Reconectar.
Pero quizá no quedarme.
Quizá no ahora.
En este presente donde mi hijo va a estudiar la secundaria.
Donde mi hijo ya tiene una vida hecha.
Donde yo tengo una vida hecha al lado de mi esposo y de mi hijo.
Una vida que nos ha costado reconstruir a la velocidad del rayo, con duelo, con miedo y con muchísima determinación.
Quizás todavía no me quiera ir.
Y creo que esta es una de las disyuntivas de las que no se está hablando mientras —con razón— celebramos que algo se mueve, que algo cambia, que algo se abre.
Ojalá el cambio sea real.
Ojalá sea rápido.
Ojalá sea profundo.
Pero que también sea lo suficientemente humano como para entender que no todos los caminos de sanación se parecen, y que amar a Venezuela no siempre significa volver a vivir en ella.
A veces, simplemente, significa haber sobrevivido.
Porque no estaban presas.
Estaban secuestradas.
Y sí: los presos tienen derechos. Estas personas ni siquiera tuvieron eso.
Celebrar su libertad es justo. Es necesario. Es humano.
Pero hay algo que me atraviesa con rabia y cansancio cuando leo o escucho:
“Los venezolanos nos queremos regresar.”
¿Y qué pasa si yo no?
¿Y qué pasa si tú no?
¿Y qué pasa si la dictadura me cambió la vida para siempre y me obligó a irme de mi país?
¿Y qué pasa si llevo siete años echándole un cerro de bolas para adaptarme a una vida nueva?
Para aprender a vivir con nieve.
Para aceptar que mi hijo pasa más horas del día hablando un idioma que no es su idioma natal.
Para construir comunidad desde cero.
Para comprar una casa.
Para levantar un negocio.
Para reinventarme.
¿Y ahora resulta que todos tenemos que querer volver?
No.
Y no voy a sentir culpa por eso.
Así como no me siento culpable de haberme ido cuando mi hijastra estuvo a punto de morir.
Cuando mi trabajo como periodista dejó de ser sostenible.
Cuando mi trabajo como consultora de lactancia también empezó a ser amenazado por factores que vienen —sí— de una dictadura que aún sigue presente.
Perdónenme si no quiero volver “de por vida”.
Yo quiero bañarme en las playas de Margarita.
Quiero hacer kitesurf con mi amiga Carolina.
Quiero que mi hijo conozca cada rincón de su isla y de su país.
Quiero volver, sí.
Visitar. Sentir. Reconectar.
Pero quizá no quedarme.
Quizá no ahora.
En este presente donde mi hijo va a estudiar la secundaria.
Donde mi hijo ya tiene una vida hecha.
Donde yo tengo una vida hecha al lado de mi esposo y de mi hijo.
Una vida que nos ha costado reconstruir a la velocidad del rayo, con duelo, con miedo y con muchísima determinación.
Quizás todavía no me quiera ir.
Y creo que esta es una de las disyuntivas de las que no se está hablando mientras —con razón— celebramos que algo se mueve, que algo cambia, que algo se abre.
Ojalá el cambio sea real.
Ojalá sea rápido.
Ojalá sea profundo.
Pero que también sea lo suficientemente humano como para entender que no todos los caminos de sanación se parecen, y que amar a Venezuela no siempre significa volver a vivir en ella.
A veces, simplemente, significa haber sobrevivido.
Érika Urbaez Aguilera
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